Por amor a Veracruz…. y al café

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En el Malecón, los vendedores de sombreros y lentes de imitación hacen negocio con los viajeros que comienzan a sudar bajo los potentes rayos del sol jarocho. También con quienes buscan espectáculo en la cotidianidad.

“Ándale, ya aviéntame una monedita, güera”, le pide un hombre a la fotógrafa que lo ha retratado varias veces durante la hazaña de echarse un clavado para rescatar dinero lanzado al Golfo de México.

Al otro lado del muelle, tanto en La Parroquia de Veracruz como en el Gran Café de la Parroquia, vasos de café lechero bien espumoso se sirven sin cesar al ritmo de un tintineo de cucharas.

Para acompañarlos es de rigor pedir una bomba: una concha partida a la mitad, embadurnada con frijoles y queso gratinado.

Ambos establecimientos, separados por unos cuantos metros, son toda una leyenda en el puerto y se disputan ser los pioneros. Ya sabrá cada viajero dónde deja su corazón glotón.

Los gustosos del café no querrán irse sin visitar otro lugar emblemático: el Gran Café del Portal, ubicado en la Calle Independencia, frente a la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción.

Además de satisfacer antojos en este “pedacito de patria que sabe sufrir y cantar” -como le compusiera a Veracruz el célebre Agustín Lara,- son muchos quienes llegan atraídos por la algarabía, espíritu jocoso y dicharachero del destino.

Porque, más allá del Carnaval, a lo largo del año el Zócalo está lleno de fiesta. Para ser parte basta sentarse en alguna mesa en torno a los Portales de Lerdo, el sitio perfecto para beber una cerveza al son de la marimba o ver cómo se baila danzón, mientras se planea una visita al histórico Fuerte de San Juan de Ulúa, al Acuario de Veracruz o el parque acuático de toboganes que abrió hace unos meses.

El puerto se percibe vivo y su gente cálida como siempre. Y con detalles así, no es extraño que, al partir, la nostalgia se suba tal como la espuma de un café lechero.

  • Fuente: Reforma

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